TEOLOGIA DE LA PROSPERIDAD: UNA REFLEXIÓN CRÍTICA A LA IDOLATRÍA DEL MERCADO Y AL CULTO A LAS RIQUEZAS

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Por Tomás Gómez Bueno

La teología de la prosperidad sostiene que la bendición financiera constituye la voluntad de Dios para todos los creyentes que ejercen suficiente fe. Según esta perspectiva, el cristiano posee autoridad sobre los bienes materiales y puede acceder a ellos mediante una fe positiva expresada en palabras y respaldada por ofrendas y donaciones, las cuales serían recompensadas con abundancia. De igual manera, las enfermedades y otras dificultades serían superadas siguiendo principios de fe estrechamente vinculados al manejo de las finanzas.

Esta corriente, difundida desde mediados del siglo XX y fortalecida posteriormente por el televangelismo y el movimiento de la Palabra de Fe, ha alcanzó una amplia influencia en Estados Unidos, América Latina, África y Corea del Sur. Sin embargo, también ha recibido fuertes cuestionamientos por parte de numerosos líderes evangélicos, quienes consideran que distorsiona el mensaje bíblico, fomenta la idolatría del dinero y favorece estructuras religiosas excesivamente autoritarias y centralizadas.

Ver la teología de la prosperidad desde una perspectiva bíblica, equilibrada y realista no significa promover la pereza ni asumir la pobreza, la miseria o las calamidades como una supuesta vocación religiosa de resignación frente a las adversidades de la vida. Significa, más bien, reconocer con el gozo y la confianza que provienen de Dios que su bendición y su favor permanecen con sus hijos aun en medio de las pruebas, las limitaciones y las carencias. La presencia de Dios no está condicionada por la abundancia material, sino que se manifiesta también en la fortaleza, la esperanza y la fidelidad con que sostiene a los creyentes en los momentos más difíciles.

El problema fundamental del evangelio de la prosperidad radica en que no consigue armonizar sus postulados con el testimonio integral del Nuevo Testamento. Desde esa perspectiva resulta difícil explicar la pobreza voluntaria de Jesús, la sencillez de vida de los apóstoles y los constantes padecimientos del apóstol Pablo.

El evangelio de la prosperidad, al identificar la bendición divina principalmente con el éxito económico y el bienestar material, termina ofreciendo una comprensión distorsionada del evangelio y presentando un Cristo diferente del que revelan las Escrituras: un Cristo subordinado a la lógica del mercado y del éxito, en lugar del Señor que llamó a sus discípulos a tomar su cruz, seguirle con fidelidad y poner el Reino de Dios por encima de las riquezas.

Como señala Alberto Roldán (1), el Jesús que nació, vivió y murió en pobreza es reemplazado por un Cristo identificado con la riqueza y la prosperidad material. Esta reinterpretación también transforma la imagen de Dios: deja de ser el Padre solidario con los pobres y excluidos para convertirse en un proveedor de éxito económico y bienestar material.

Esta reinterpretación del evangelio se desarrolla en el contexto de una sociedad dominada por el mercado, el consumo y la comunicación masiva. En un mundo donde quien controla los medios de comunicación adquiere influencia, la teología de la prosperidad ha sabido utilizar un lenguaje sencillo, emocional y repetitivo para legitimar religiosamente los ideales del éxito económico y la abundancia material.

No existe nada objetable en que un creyente disfrute de bienestar económico o administre responsablemente los bienes que Dios le concede. El problema surge cuando se construye un discurso religioso que convierte las riquezas en el principal indicador de la bendición divina y utiliza el evangelio para justificar manipulaciones financieras y enriquecer a determinados líderes religiosos.

Desde esta perspectiva, la fe termina transformándose en un mecanismo para obtener beneficios materiales y la relación con Dios adquiere una lógica de intercambio: se da para recibir. Así, el evangelio corre el riesgo de convertirse en un producto religioso adaptado a la mentalidad consumista de nuestra época.

El psiquiatra Enrique Rojas (2) recuerda que el progreso material, por sí solo, nunca puede satisfacer las aspiraciones más profundas del ser humano. La obsesión por el dinero, el éxito y el poder conduce gradualmente al individualismo y a la sustitución de los verdaderos valores por otros puramente utilitarios.

Esta realidad refleja la profunda influencia que el neoliberalismo y la cultura del consumo han ejercido sobre ciertos sectores del cristianismo contemporáneo. Algunas iglesias han terminado reproduciendo la lógica del mercado, donde el crecimiento económico y el éxito visible se convierten en indicadores de espiritualidad. En ese contexto, algunos predicadores exhiben un estilo de vida asociado al lujo y al poder como evidencia de la supuesta bendición de Dios.

Frente a esta tendencia, el Pacto de Lausana III, en la Declaración de Ciudad del Cabo (3), rechaza explícitamente el evangelio de la prosperidad al afirmar que sus promotores distorsionan seriamente las Escrituras y sustituyen el llamado al arrepentimiento por el llamado a entregar dinero a determinadas organizaciones religiosas.

En la misma dirección, Peter Kuzmic (4) critica la superficialidad y el egocentrismo de esta religiosidad. Señala que promete prosperidad y éxito, pero habla muy poco del arrepentimiento, la obediencia, el sacrificio, la santidad y la disposición a seguir a Cristo aun en medio del sufrimiento. La verdadera fidelidad cristiana, afirma, no depende de la elocuencia del predicador, del tamaño del templo, de la tecnología o de las cuentas bancarias, sino de una vida transformada por Dios.

Por su parte, René Padilla (5) considera que no es casual la coincidencia entre el auge del evangelio de la prosperidad y la expansión del neocapitalismo. A su juicio, ambos fenómenos reflejan una misma lógica cultural que privilegia el éxito económico mientras amplios sectores de la población continúan padeciendo pobreza, exclusión y profundas desigualdades sociales.

Es innegable que el evangelio produce transformaciones integrales en la vida de las personas. Son innumerables los testimonios de familias que, gracias a la conversión, abandonan prácticas destructivas, fortalecen sus relaciones familiares, mejoran sus hábitos de trabajo y logran superar situaciones de pobreza. Del mismo modo, muchos creyentes pueden dar testimonio de la provisión de Dios en momentos de necesidad económica.

No obstante, estas experiencias no autorizan a convertir la prosperidad material en el eje central de la proclamación cristiana. Reducir el evangelio al bienestar económico significa empobrecer profundamente el alcance de la redención anunciada por Jesucristo.

Durante su ministerio, Jesús mostró compasión por las necesidades materiales de las personas e incluso realizó milagros para aliviar el sufrimiento humano. Sin embargo, siempre estableció una clara jerarquía de valores. Él mismo enseñó que «la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee» y recordó que «donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón».

Muchas de las iglesias que promueven esta teología atraen a personas de clase media y profesionales preocupados por la estabilidad económica en un mundo incierto. En ese contexto, los mensajes centrados en la riqueza y el bienestar ofrecen una sensación de seguridad emocional. Sin embargo, cuando el tener desplaza al ser, la espiritualidad termina subordinándose a las aspiraciones materiales.

José Míguez Bonino (6) advertía que este fenómeno puede producir una peligrosa forma de clientelismo religioso. En lugar de formar discípulos comprometidos con el Reino de Dios, se generan consumidores de servicios religiosos que buscan satisfacer necesidades personales sin asumir las exigencias del seguimiento de Cristo.

Fernando Mosquera (7) reconoce que la comodidad y la prosperidad pueden ser legítimas, pero advierte que, cuando se convierten en el objetivo principal de la vida cristiana, favorecen el hedonismo, fortalecen el materialismo e invierten la escala de valores, reemplazando lo eterno por lo transitorio.

En su versión más extrema, la teología de la prosperidad llega incluso a sugerir que la pobreza constituye un signo de pecado o de falta de fe, mientras que la riqueza sería evidencia de la aprobación divina. Este planteamiento no solo carece de fundamento bíblico, sino que contradice el testimonio de numerosos hombres y mujeres de Dios que vivieron con fidelidad en medio de la escasez, así como la experiencia de incontables creyentes que han servido al Señor en circunstancias de pobreza sin que ello disminuyera su comunión con Él.

Sufrimiento, discipulado y teología de la cruz

George Reyes (8) plantea que el sufrimiento forma parte de la vida cristiana y que la teología de la cruz debe ser central en la misión y el discipulado. La fidelidad a Dios implica entrega, sacrificio y a menudo, sufrimiento. Vivir confiando en seguridades materiales puede impedir al creyente comprender el valor de la solidaridad y la gracia, especialmente en una sociedad individualista y mercantil.

Reyes advierte que el riesgo de olvidar la cruz conduce a una fe superficial, donde se evalúa a los cristianos según parámetros de éxito económico. En este contexto, el evangelio de la prosperidad propone una visión errada del costo del seguimiento de Cristo.

La iglesia necesita recuperar una comprensión integral del evangelio, donde las bendiciones materiales sean entendidas como una expresión de la providencia divina y no como el centro del mensaje cristiano. El Reino de Dios no gira alrededor de la acumulación de riquezas, sino de la reconciliación con Dios, la justicia, la misericordia, la santidad y la esperanza eterna.

Desde una teología bíblica, el evangelio de la prosperidad exige una reflexión crítica que desenmascare toda forma de idolatría del mercado y del culto a las riquezas. La misión de la Iglesia no consiste en legitimar los valores que se expresan como una forma de idolatría consumismo contemporáneo, sino en anunciar el señorío de Jesucristo sobre toda la vida, formando discípulos cuyo mayor tesoro no esté en la abundancia de los bienes materiales, sino en la riqueza incomparable de la gracia de Dios.