CAMBIAR DE CONGREGACION EN BUSCA DE PRESTIGIO Y RECONOCIMIENTO SOCIAL

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Por Tomás Gómez Bueno

Uno de los fenómenos menos estudiados dentro del mundo evangélico es la movilidad de la membresía entre las iglesias. Es un hecho conocido que las congregaciones, sin que ello sea necesariamente negativo, suelen desarrollar un determinado perfil social. Existen iglesias ubicadas en barrios populares, otras en sectores de clase media y también aquellas establecidas en zonas de alto poder adquisitivo. Sin embargo, todas ellas, si son fieles al llamado de Cristo, deben estar abiertas a recibir a toda persona, sin distinción de raza, color, condición económica, edad, sexo o cualquier otra diferencia.

La iglesia de Jesucristo es, por naturaleza, una comunidad inclusiva. Ese es su diseño y su vocación. Aunque en la práctica no siempre se logre plenamente, la iglesia está llamada a vencer toda forma de discriminación y exclusión, manifestando el carácter del Reino de Dios.

No obstante, las congregaciones terminan definiendo su composición social por diversos factores, entre ellos el lugar donde están establecidas. Una iglesia situada en un exclusivo sector residencial difícilmente tendrá el mismo perfil que otra ubicada en un barrio marginado. Ambas, sin embargo, deberían compartir los mismos valores esenciales: el amor cristiano, la santidad, la devoción, el servicio, la pasión evangelizadora y el compromiso con la misión, aunque dichos valores se expresen mediante estilos y formas diferentes.

La realidad es que las iglesias están conformadas por las personas que las integran. En una congregación de un barrio humilde predominan obreros, trabajadores informales, amas de casa, desempleados y pequeños comerciantes, aunque también pueda haber algunos profesionales. En cambio, en iglesias de sectores de clase media o alta abundan profesionales, empresarios, ejecutivos y personas socialmente reconocidas, sin que ello impida la presencia de creyentes de escasos recursos que son recibidos con amor y dignidad.

Las iglesias de mayor reconocimiento público, ubicadas en zonas céntricas o residenciales prestigiosas, suelen generar un fuerte sentido de pertenencia clasista. No pocas personas exhiben esa pertenencia con evidente ostentación, como parte de su etiqueta ciudadana y estatus social. En algunos casos, incluso, esa imagen institucional forma parte de la estrategia mediante la cual ciertas iglesias logran atraer a sectores de clase media y alta, incluyendo creyentes que han experimentado movilidad económica y provienen de congregaciones más pequeñas y humildes.

Es natural que las personas busquen congregarse donde se sientan más identificadas. Quienes han experimentado un ascenso social suelen cambiar de residencia, ampliar sus círculos de relaciones y desenvolverse en ambientes culturales y profesionales diferentes. En ese nuevo contexto, algunos consideran que invitar a sus amigos o colegas a la congregación donde crecieron espiritualmente puede resultar incómodo por las diferencias de infraestructura, liturgia, organización o estilo congregacional.

Prefieren entonces integrarse a una iglesia que perciben como más acorde con el nivel social y cultural de las personas con las que ahora interactúan. De una congregación barrial pasan a otra ubicada en un sector residencial, convencidos de que allí sus invitados se sentirán más cómodos e identificados. Esta movilidad es posible porque, gracias a Dios, el evangelio ha alcanzado prácticamente todos los estratos de nuestras sociedades.

Vista desde esa perspectiva, la movilidad entre iglesias no necesariamente representa un problema. Sin embargo, existen motivaciones mucho más profundas y preocupantes cuando el traslado obedece principalmente al deseo de alcanzar mayor prestigio social.

Muchos creyentes llegan a convencerse de que una iglesia grande, reconocida y socialmente influyente posee automáticamente una vida espiritual superior. Imaginan que allí encontrarán cultos más impactantes, programas más atractivos, mejor organización y experiencias más emocionantes. Poco a poco asocian espectacularidad con madurez espiritual y tamaño con calidad cristiana.

Pero con frecuencia olvidan algo muy importante. Al trasladarse, el creyente puede pasar de ser un miembro activo, útil y en crecimiento a convertirse simplemente en un espectador. Donde antes servía, ahora únicamente observa. Donde antes participaba, ahora consume. Donde antes desarrollaba sus dones, ahora depende de lo que otros hacen desde la plataforma.

No son pocos los casos en que el crecimiento ministerial que pudo haber alcanzado en una iglesia pequeña termina interrumpiéndose al ingresar en una congregación donde resulta mucho más difícil encontrar espacios para servir. Quizás el propósito que Dios tenía para esa persona habría florecido precisamente en aquella comunidad sencilla que decidió abandonar.

También puede perderse algo que resulta difícil de reemplazar: la cercanía humana. En muchas iglesias pequeñas existen relaciones profundas, sinceras y solidarias. Los hermanos conocen las luchas de los demás, oran unos por otros y se acompañan en los momentos difíciles. Existe una auténtica cultura del cuidado mutuo y de la rendición de cuentas que protege la vida espiritual.

Es posible que quien cambia de congregación gane reconocimiento social, pero pierda esa red de afecto y acompañamiento que fortalecía su caminar con Cristo. En la iglesia pequeña no era un desconocido. Era parte de una familia espiritual. Su ausencia se notaba, su servicio era valorado y su contribución económica se traducía con frecuencia en ayuda concreta para personas necesitadas y en el sostenimiento de la obra local.

En algunos casos, al incorporarse a grandes estructuras eclesiásticas, corre el riesgo de que sus aportes terminen sosteniendo estilos de vida excesivamente lujosos de ciertos dirigentes religiosos, antes que aliviar necesidades humanas o fortalecer la misión del evangelio. Lo que antes contribuía directamente al bienestar de hermanos concretos puede terminar financiando proyectos marcados más por el prestigio institucional que por el servicio cristiano.

Por supuesto, el crecimiento personal y la movilidad social forman parte de la vida. Nada hay de malo en progresar, mejorar las condiciones económicas o mudarse a otro lugar. Lo importante es que, cuando llegue el momento de decidir dónde congregarnos, la pregunta principal no sea: ¿Dónde me sentiré más importante?, sino: ¿Dónde quiere Dios que esté?

Debemos preguntarnos dónde seremos más útiles para el Reino, dónde podremos servir con mayor fidelidad, dónde creceremos espiritualmente y dónde nuestras vidas producirán mayor fruto para la gloria de Dios. Cambiar de iglesia únicamente para mejorar nuestra imagen social o fortalecer nuestro sentido de pertenencia constituye una motivación que merece una profunda reflexión espiritual.

No deberíamos dejarnos arrastrar por la fascinación de pertenecer a una congregación que incremente nuestro prestigio o nos haga sentir socialmente más importantes. La verdadera pregunta es otra: ¿Desde qué iglesia podré cumplir mejor la misión que Dios me ha encomendado?

Porque, al final, existe el riesgo de abandonar el lugar donde éramos protagonistas del servicio para convertirnos simplemente en espectadores de lo que otros hacen. Y ese cambio, aunque pueda representar un ascenso social, no siempre significa un crecimiento en el Reino de Dios.