De los numerosos acontecimientos que han competido por nuestra atención en estos días, son los vinculados al devenir de las plazas de soberanía de España en el norte de África los que en mí han prevalecido, atraído una vez más por la semántica.
Desde las esferas del gobierno se ha presentado la presuntamente reiterada violación de nuestras aguas jurisdiccionales por la flor y nata de las unidades navales de Marruecos como un hecho puntual. La ministra portavoz del gobierno, señora Elma Saiz, lo subrayó hasta la saciedad, y otros miembros del gabinete lo repitieron, como catecúmenos el credo. Por otro lado, lo híbrido ha pasado del mundo del motor al de la geopolítica gracias a los expertos que han visto en estos hechos, unidos a la entrada irregular en la ciudad de Ceuta de decenas de miles de paisanos, consentida y hasta orquestada por agentes marroquíes, una manifestación de guerra híbrida, cuyo objeto era -es- ponderar la capacidad de respuesta de España frente a una situación crítica inducida por un vecino hostil que quiere okupar lo que no es suyo; en definitiva, un simulacro o ensayo de una representación que el día de mañana puede desembocar con la bandera de Marruecos ondeando en plazas que han sido españolas durante siglos. Este discurso, adoptado de inmediato por la oposición, incomoda al gobierno, empecinado en calificar la situación de crisis migratoria, mientras su presidente alaba hasta el ditirambo la buena vecindad del Reino alauita. Sabemos que el señor Sánchez ama a su mujer, pero también requiebra a Mohamed VI por afán de servicio.
La puntualidad, esto es, llegar a un lugar a la hora convenida, era -salvo en México, donde es de mala educación- una virtud muy valorada en las calificaciones de conducta del colegio en que consumí mi adolescencia. Ser diligente, hacer las cosas sin demora, es también ser puntual. Hay que llegar a la sexta acepción del término según el diccionario de la Real Academia para descubrir la entrada que la ministra portavoz ha querido dar al vocablo: es un hecho puntual lo que es ocasional, lo que se produce de manera aislada frente a lo habitual. ¡Qué alivio! Las fragatas y cañoneras marroquíes sólo violan nuestras aguas jurisdiccionales de vez en cuando; de lo que el gobierno, por boca de la ministra portavoz y sus prosélitos, parece inferir que son hechos que carecen de relevancia, que se pueden pasar por alto, como una palmada en sabrosa nalga o un beso inoportuno (antes de la inmolación de Rubiales).
Realmente el asunto es más complejo. ¿Dónde empiezan y acaban las aguas jurisdiccionales propias de las plazas, peñones e islas de soberanía española en el norte de África? Aprendiendo de España, que interpretó que la cesión de Gibraltar a Inglaterra por el tratado de Utrecht fue estrictamente terrestre, sin proyección sobre la mar, Marruecos afirma que nuestras plazas y demás territorios norteafricanos son costas secas; todas las aguas circundantes son marroquíes y, por lo tanto, no puede haber violación de aguas españolas cuando las unidades navales marroquíes van y vienen por aguas que consideran solo suyas. El Reino magrebí ha trazado las líneas de base de su mar territorial como si la España transfretana no existiera.
Naturalmente, la pretensión marroquí carece de título, más allá del afán de seguir extendiendo los límites del Reino, una vez haya digerido el Sáhara occidental. La afirmación de Gibraltar como costa seca se basa en una interpretación literal del tratado de Utrecht; ¿Cuenta Marruecos con un instrumento similar? Si es que no, como colijo, cabe afirmar, conforme al principio general de que la tierra domina el mar, que toda costa -las de Ceuta, Melilla y sus etcéteras- se proyecta sobre los espacios marinos adyacentes en términos de soberanía y jurisdicción. Cabe la excepción, pero ha de ser expresa y libremente consentida.
El Reino Unido rechazó siempre la interpretación española del tratado de Utrecht y sostuvo que la Roca era tan húmeda como Algeciras. La divergencia producía incidentes crónicos entre la policía gibraltareña y patrulleras de la Guardia Civil, que se saldaban con protocolarias notas de protesta y a otra cosa mariposa. Ahora que nuestra reivindicación de Gibraltar español ha muerto, aunque permanezca insepulta, esos incidentes serán más improbables. En relación con Ceuta y Melilla cabe prever recurrentes sucesos similares, más o menos puntuales en la jerga gubernamental, pasados por alto o con el diapasón bajo, a menos que a uno u otro gobierno le convenga levantar la voz por cualesquiera circunstancias. Hay que tener en cuenta que la infundada afirmación marroquí de que Ceuta, Melilla y compañía son costas secas, trae como consecuencia la negativa a negociar la delimitación de los espacios marinos respectivos, aumentando la incertidumbre y multiplicando los riesgos.
El gobierno español ha sido en este caso arquetipo de mansedumbre. Es más; si la ministra portavoz, la querida Elma, que en turco significa manzana, se vio obligada a pronunciarse sobre estos hechos fue debido a una filtración malintencionada. Aunque el presidente de gobierno, Sánchez Pedro, sobre el que se ha edificado toda una iglesia de devotos y agradecidos clientes, declaró que su política era de transparencia en relación con la engorrosa situación, la verdad es que la información ha sido, en el mejor de los casos, más que transparente, translúcida.
Sería deseable que Marruecos se comporte con España en el norte de África como España lo ha hecho con Reino Unido en Gibraltar. ¿Será posible? España, con títulos para recuperar el Peñón, se ha rendido en pos de una cooperación promotora del bienestar de una región castigada por el contencioso durante demasiados años. Esa rendición ha sido fruto del realismo: una población -los llanitos- determinada a no ser española sostenida por gobiernos británicos conscientes de su prevalencia sobre el adversario. En Ceuta y Melilla, la Europa más allá del Estrecho, la determinación de la población a seguir siendo española, es patente y perseverante; el Rey Felipe VI fue contundente y preciso en los discursos pronunciados en su primera visita a Ceuta y Melilla la pasada semana: Ceuta y Melilla son parte irrenunciable de España, cuya soberanía e integridad territorial son innegociables. Pero, ¿son y serán los gobiernos españoles lo bastante fuertes para sostenerlas? He ahí la cuestión. Usted, ¿qué opina?
Por:

Antonio Remiro Brotons
Catedrático Emérito de Derecho Internacional



