Cincuenta años han pasado desde que aquel niño de manos gitanas y ojos llenos de asombro decidió coser el compás del merengue con el hilo invisible de la luna y la nostalgia. Cincuenta años de un río sonoro que no se detiene, que baja de las lomas de Santo Domingo arrastrando claveles de fuego, llantos mudos de trompetas y el eco dulce de una güira que es, en su fondo, el corazón partido de un pueblo.
«Un verdadero artista no es el que se inspira, sino quien inspira a otros», Salvador Dalí.
EL NACIMIENTO DE UNA LEYENDA EN LA BELLA AURORA DE QUISQUEYA
Verde era la tarde, verde de cañaveral y grito, cuando el niño asomó los dedos al pozo de la madera.
Ramón Orlando Valoy, arcángel de Manoguayabo, traía en las sienes un caballo de fuego y en el pecho un sinsonte sediento de metales. Su padre, Cuco Valoy, el viejo gallo de la tribu, le dio un puñado de estrellas amargas y una güira de plata.
A los catorce años, cuando los muchachos buscan nidos de golondrinas, él ya domaba los caballos negros y blancos de la melodía.
LA ORQUESTA INTERNACIONAL REFERENTE INDELEBLE DE LA EXPRESIÓN MUSICAL DEL PUEBLO DOMINICANO
No era el mar, no, era el estruendo de la tarde. El maestro cruzó los puentes del Conservatorio con el traje ceñido de sones antiguos y fugas de Bach. Fundó la Orquesta Internacional bajo la luna de 1986, y Santo Domingo se volvió una plaza de claveles encendidos.
Siete lunas de bronce cayeron sobre sus manos; siete estatuillas doradas que cantaban su nombre como las Casandras heridas. Compartió el Soberano con el poeta de las avispas, Juan Luis Guerra, mientras las trompetas degollaban la noche con hilos de oro. Él decía: «Te compro tu novia, muchacho de la esquina», y la tarde se vestía de luto y de fiesta, de mambo y de frío.
El piano de Ramón Orlando es un caballo de nácar y azabache que galopa sobre el pecho herido de la noche caribeña. Cincuenta años han pasado desde que aquel niño de manos gitanas y ojos llenos de asombro decidió coser el compás del merengue con el hilo invisible de la luna y la nostalgia. Cincuenta años de un río sonoro que no se detiene, que baja de las lomas de Santo Domingo arrastrando claveles de fuego, llantos mudos de trompetas y el eco dulce de una güira que es, en su fondo, el corazón partido de un pueblo.



