Entre las tantas novelas leídas a lo largo de su vida, Madame Bovary habría sido la novela predilecta de Mario Vargas Llosa.
Pensar y escribir, aunque diferentes entre sí, están estrechamente relacionados.
La actividad escritural certera, en todo caso, dependería de reiteradas lecturas, inteligentes, reflexivas y, por supuesto, exentas de prejuicios.
Cuando el pensamiento es claro y certero, la escritura también lo es.
De no ser así, los mensajes serían truncos, unilaterales y, por ende, incomprensibles.
Los pensadores impecables buscarían, en todo momento, la claridad discursiva y, las más de las veces, evitarían la jerga lingüística altisonante, rebuscada y, si se quiere, pedante.
La lectura de sus textos, entonces, sería placentera y comprensible.
Diríase que no pocos olvidarían tan importante verdad.
Quizás, por falta de conocimientos, preferirían la escritura lóbrega y para nada legible, ya que su práctica, superflua y fútil, tornaría insignificante su estilo escritural, que, por tanto, no sería sino embrollado, ambiguo y nunca claro.
Por tal razón, no podrían ser interpretados, ni, mucho menos, entendidos.
De modo que para ser buen escritor se hace necesario leer mucho; trabajar bien; tener talento y pensar, sobre todo, con elevado vuelo creativo.



