Por Jacqueline Malagón. Desde Ámsterdam —desde esa casa donde una niña soñó con un mundo mejor en medio de la oscuridad— se nos recuerda hoy que la educación sigue siendo la herramienta más poderosa para transformar la historia.
Hay reconocimientos que celebran trayectorias. Y hay otros —mucho más escasos— que interpelan la conciencia del mundo. El otorgamiento del Premio Ana Frank a Mariano Jabonero Blanco, Secretario General de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), pertenece sin duda a esta segunda categoría. No es un premio más. Es un símbolo. Y como todo símbolo verdadero, no solo honra: compromete.
El pasado 26 de marzo de 2026, en la ciudad de Ámsterdam, en el mismo espacio donde una adolescente escribió uno de los testimonios más conmovedores de la humanidad, tuvo lugar este acto cargado de historia, ética y significado. La Casa de Ana Frank no es simplemente un museo: es un lugar donde la memoria se convierte en conciencia y donde la historia deja de ser pasado para convertirse en responsabilidad presente.
El Premio Ana Frank, otorgado por la Anne Frank House —institución creada en 1957 por Otto Frank, padre de Ana— reconoce a personas e instituciones cuya trayectoria ha estado marcada por la defensa de la dignidad humana, la lucha contra la discriminación, el racismo y la exclusión, y el compromiso activo con los valores democráticos. No distingue éxitos coyunturales, sino coherencia de vida. No premia discursos, sino prácticas sostenidas. Por eso, su valor trasciende lo protocolar: es un reconocimiento ético de alcance universal.
Que este premio haya sido otorgado a Mariano Jabonero no es casual. Su trayectoria —de más de cuatro décadas— ha estado profundamente vinculada a una visión de la educación como herramienta de transformación social. Bajo su liderazgo, la Organización de Estados Iberoamericanos ha consolidado una presencia activa en 23 países, desarrollando programas que impactan la vida de millones de personas.



