El valor humano de la práctica religiosa radica en la capacidad de experimentar lo divino desde la misma humanidad, porque no conocemos a Dios de manera directa y material.
La Semana Santa se ha vuelto una semana de diversión: hoteles llenos, casas de veraneo, playas, ríos, bebidas y música (no sacra). Una degradación de la razón de ser de este feriado, extendido a una semana para las escuelas, dos días para el Gobierno y un día para el sector privado (en la práctica puede ser más).
En general, desde hace tiempo percibo un proceso de degradación y trivialización de Dios, no solo por lo que ocurre en Semana Santa.
Las distintas iglesias, al competir por captar feligreses, luchan por ocupar la mayor cantidad de espacios físicos y mediáticos, hasta donde no es pertinente, y el avance abarcador de las redes sociales ha contribuido a la trivialización.
El carácter masivo de las redes permite que millones de personas actúen como promotores cotidianos de fetichismos religiosos. Por las redes se envían constantemente muchos mensajes con alegoría a Dios, a Jesús, a María, o a los santos. Anuncian cadenas de oración con distintos propósitos y envían bendiciones.
Por Rosario Espinal



